jueves, abril 13, 2017

Ultrasociedad. El grupo Egoísta.

Esta entrada es un comentario del libro de Peter Turchin Ultrasociety. How 10.000 years of war made humans the greatest cooperators on earth. La mayoría de los biólogos usan el término eusocialidad para referirse a los insectos sociales y ultrasocialidad (socialidad extrema) para los humanos. La vida social de termitas y hormigas, en la que algunas especies viven en colonias de millones de individuos es de una complejidad enorme. Pero los seres humanos hemos ido creando sociedades cada vez más grandes y complejas a una velocidad que no tiene parangón en otras especies. Hemos pasado de sociedades de decenas de personas a sociedades formadas por millones de personas en los últimos 10.000 años y esta transformación es la que Turchin pretende explicar en su libro.

La rapidez con la que se ha producido este cambio implica, según Turchin, que es demasiado rápida para que se deba por completo a la evolución del genoma humano. Para Turchin, esta historia es un proceso de evolución cultural. Hay que decir que Turchin es discípulo de Pete Richerson y Rob Boyd, los padres de la evolución cultural y colega de David Sloan Wilson, el padre de la selección multinivel. El libro, por lo tanto, está salpicado de críticas a Richard Dawkins cuya visión del Gen Egoísta está desfasada y es errónea, según todos estos autores.

Pero aquí es donde matizaría una cosa. Se ha criticado a Dawkins por la visión cruda y negativa  que da del ser humano y la sensibilidad moral de ciertas personas prefiere enfoques donde se hable de que el ser humano es también colaborador y no egoísta. Dejando a un lado que la existencia de genes egoístas no impide la de individuos egoístas, el problema que tiene la selección multinivel es que tampoco se libra del egoísmo. Turchin deja muy claro el lado oscuro de la selección de grupo. Lo expresa claramente cuando dice que esta gran expansión de las sociedades humanas sólo ha sido posible porque las sociedades compiten entre sí y aquellas que no tienen las instituciones adecuadas desaparecen. Las sociedades que poseen las características adecuadas destruyen a las que no las poseen.

Así que en vez de hablar del Gen Egoísta podríamos hablar del Grupo Egoísta. La idea central de este libro es que la competición entre grupos, normalmente en forma de guerra, es la que transformó la humanidad desde bandas de decenas de individuos hasta pueblos agricultores y luego a sociedades complejas social y económicamente. La guerra, según esta visión, es una destructividad creativa. Los seres humanos cooperan para competir. Los seres humanos son un animal de equipo. Cooperan, sí, pero contra alguien, contra otros equipos. Competimos como miembros de un equipo contra otros equipos y para ganar hay que suprimir la competición interna, la competición dentro del grupo. Así que esta visión de Turchin y Wilson la podríamos denominar El Grupo Egoísta o egoísmo multinivel, pero tal como lo veo lo que hace es ampliar el egoísmo y extenderlo desde los genes (Dawkins) a todos los demás niveles. Suena más a una ampliación de lo que dice Dawkins que a una refutación.

Al tratar del aumento de tamaño de las sociedades humanas, Turchin aborda un problema que creo que es muy interesante y es el de cómo y por qué apareció la desigualdad entre los seres humanos y por qué se consintió. La mayoría de antropólogos aceptan que las sociedades de cazadores recolectores eran igualitarias y no había grandes diferencias de estatus y poder entre los individuos ni tampoco entre los sexos. Sin embargo, cuando se crean los primeros estados arcaicos -lo que ocurre tras la aparición de la agricultura- nos encontramos ya reyes y unas élites que monopolizan un gran porcentaje de los recursos. La pregunta es: si sólo unos pocos ganan y una mayoría pierde, ¿por qué ocurrió esto y por qué los individuos lo permitieron y lo mantuvieron en el tiempo? 

Se han propuesto varias hipótesis para explicarlo, por ejemplo la religión. Es verdad que la religión, al hacer que los reyes se consideraran descendientes de los dioses, ayudó a legitimar y sostener a los reyes y élites y a impedir que la gente común matara a estos déspotas, pero la religión no explica el origen del fenómeno. Lo que explica el origen de este fenómeno es la guerra. Las sociedades grandes tienen una ventaja sobre las pequeñas: la fuerza. Por una ley llamada Lanchester´s Square Law la proporción de bajas infligidas por un ejército al adversario es el cuadrado de su ventaja numérica, es decir que doblar el número de efectivos genera más del doble de ventaja militar. Por lo tanto, existió una presión selectiva en pueblos enfrentados que vivían en llanuras (esta ley no se cumple en las montañas) para crear sociedades más grandes. 

Pero las guerras no se deciden a favor del que tiene más armas y más soldados. Hace falta cohesión, unidad y coordinación para ser más eficaces que el enemigo. Esto quiere decir que en condiciones de guerra, además de una selección para aumentar el tamaño hay una selección para formar una jerarquía militar eficaz. Pero la jerarquía militar puede mostrarse reacia a dejar el poder cuando acaba la guerra y existe la tentación de convertir su poder militar en ventajas materiales para ellos y sus familias. Este es el principio conocido como la La Ley de Hierro de la Oligarquía. Este principio, formulado por el sociólogo alemán Robert Michels en 1911, dice que toda forma de organización, independientemente de lo democrática o autocrática que pueda ser al principio, acabará evolucionando hacia una oligarquía. Michels estudió esto en partidos socialistas y movimientos obreros. Tanto los líderes como las organizaciones creían firmemente en la igualdad y la democracia pero al final, en la práctica, a medida que los líderes acumulaban poder empezaron a subvertir los procedimientos democráticos. El poder corrompe.

Así que el proceso fue que las sociedades necesitaban crecer para vencer a los vecinos y necesitaban una jerarquía militar que luego se hizo social. Pero este proceso llevó miles de años. El golpe militar, por así decirlo, lo daba un líder rodeado de sus jefes militares y el jefe compartía con ellos los frutos de su dominación para no ser derrocado. Pero para mantener ese poder en tiempos de paz era necesario legitimar el poder. Es por esto que pasó mucho tiempo desde que surgió la agricultura hasta que aparecieron los primeros estados arcaicos, los primeros jefes y bandas de guerreros no conseguían mantenerse en el poder. Esta legitimación vino con la religión y grandes rituales y empresas colectivas como monumentos y con otros cambios culturales como la propiedad privada ligada a la agricultura y ganadería. El rey era el que realizaba los rituales religiosos (un rey-dios) y todo ello legitimó su autoridad. 

Todo esto suena convincente, pero hay un paso posterior un tanto extraño. La guerra dio lugar a despotismo y desigualdad pero la competición militar entre sociedades continúa y en cierto momento se convierte en una fuerza para crear igualdad, menos violencia y en conjunto unas condiciones de vida mejores para todos. ¿Cómo ocurrió esto? Bien, la explicación de este cambio es de nuevo la religión y la guerra y el momento en que se produjo es la Era Axial. La Era Axial es una idea del filósofo Karl Jaspers que la propuso en un libro de 1949. Según él, se produjo un cambio en todo el mundo (el mundo conocido de entonces: Occidente, India y China) entre los años 800 y 200 anteriores a la era contemporánea, aproximadamente alrededor de 500 antes de Cristo. En esta época aparecen religiones como el judaísmo, el zoroastrismo, el budismo o el confucianismo. En esta época las religiones evolucionan desde dioses caprichosos que proyectan deseos humanos a dioses moralizadores, dioses preocupados porque las conductas de los humanos sean prosociales y que vigilan lo que éstos hacen. Y con estas religiones aparece de nuevo una ética igualitaria, surgen profetas y denunciadores y surgen reyes “amables” que se preocupan de sus súbditos como Ashoka. 

Todo esto ocurrió por sus propias razones y no por ocurrencia individual de los reyes o profetas. Los reinos arcaicos que duraron varios milenios eran muy inestables. Los reyes eran asesinados por alguno de sus hermanos que a su vez era asesinado por otro o por un señor de la guerra con ambiciones y estaban continuamente formándose y desapareciendo. Si quieres que tus soldados luchen a tu favor no puedes oprimirlos y si oprimes a tu pueblo no les des armas…Los estados arcaicos eran borrados del mapa continuamente así que el mensaje igualitario caló en ellos porque era una necesidad. Las religiones axiales promovieron la cooperación y la igualdad y limitaron el despotismo. Otro cambio fundamental de las religiones axiales fue el universalismo. Estas religiones ampliaron el círculo de cooperación más allá de la tribu o la etnia y se convirtieron en el pegamento social para formar imperios multiétnicos. En sociedades pequeñas los vecinos se vigilan unos a otros y se sabe que cuando la gente es vigilada se comporta bien. Ese papel de vigilancia en grandes sociedades lo pasó a desarrollar el dios monoteísta y universalista y esto permitió la confianza y cooperación necesaria para que las sociedades pudieran aumentar de tamaño.

Así que las sociedades humanas han evolucionado según lo que parece una paradoja: La violencia (la guerra de unas sociedades contra otras) dio lugar a la ultrasocialidad y la ultrasocialidad ha hecho disminuir la violencia. La clave en la evolución humana ha sido el aumento de la escala de la cooperación humana. Y esta evolución cultural y social humana ha seguido un curso en zigzag: desde la desigualdad existente en nuestros ancestros primates a la igualdad de los cazadores recolectores, desde aquí a la desigualdad de nuevo de los estados arcaicos y después la igualdad en las sociedades democráticas. Todo lo hablado en esta entrada queda resumido en esta imagen:



@pitiklinov

Referencia:


Peter Turchin. Ultrasociety. How 10.000 years of war made humans the greatest cooperators on earth. Beresta Books 2016

domingo, abril 02, 2017

Ingesta, ejercicio, obesidad… ¿y depresión?

Colaboración de Juan Medrano

Nadie duda que la ganancia de peso se debe a un desequilibrio a favor de la ingesta alimentaria (y del correspondiente aporte calórico) en relación con el gasto energético. En las sociedades occidentales acuciadas por el sobrepeso, la lucha contra las consecuencias de la obesidad se centra no solo en una dieta más organizada y correcta, sino también en la promoción del ejercicio físico como estilo de vida opuesto a los hábitos sedentarios tan comunes en nuestra cultura. Se promueve el ejercicio porque se supone que conlleva un mayor gasto de energía, lo que inclinaría el equilibrio hacia el consumo de grasa (reservorio calórico privilegiado) y se conseguiría una reducción del peso. Sin embargo, los estudios de Herman Pontzer y su equipo desmienten una y otra vez que, salvo algún matiz que a medio y largo plazo no es relevante, hacer ejercicio ayude a perder peso. Pontzer, que trabaja en el Hunter College de Nueva York, publicó un primer estudio que contradecía esta idea en 2012. Su experimento consistió en comparar el gasto energético de un colectivo con importante actividad física (los Hadza, cazadores – recolectores del Norte de Tanzania) con otro urbanita y caracterizado por un estilo de vida sedentario: un grupo de sus conciudadanos neoyorkinos. Para ello utilizó el método del agua doblemente marcada.



Este procedimiento, considerado el “patrón oro” para calcular el gasto energético diario, fue desarrollado por Nathan Lifson (1911-1989) y colaboradores a comienzos de los años 50 en la Universidad de Minnesota. Aunque inicialmente se empleó para medir el gasto energético en animales de laboratorio, a partir de la década de los 70 pasó a ser utilizado en humanos, y ha sido ampliamente validado, hasta el punto de que sirvió para calcular el requerimiento energético diario propuesto por la National Academy of Sciences en 2002. Consiste en aportar agua doblemente marcada (2H218O) que permite usar como trazadores isótopos estables. Al cabo de un tiempo se mide la eliminación diferencial de los isótopos deuterio (2H) y 18oxígeno del agua corporal del organismo. Aproximadamente del 5 al 20% de estos trazadores se pierde diariamente.



El deuterio permanece asociado a las moléculas de agua y se elimina mediante la evaporación a través de pulmones, piel, y otras vías de excreción y secreción. Asimismo, se diluye al agua no marcada o “normal” que se incorpora a través de la ingesta de bebidas y alimentos y o que se produce de forma endógena a mediante la oxidación de los nutrientes. Por su parte, el 18oxígeno se elimina, como el deuterio, como integrante del agua excretada, pero también como dióxido de carbono, puesto que el CO2 en los fluidos corporales se encuentra en un equilibrio isotópico con el agua corporal. La tasa de eliminación de 18oxígeno es por lo tanto más rápida que la del deuterio.


A partir de ahí, la diferencia entre las correspondientes tasas de eliminación permite calcular la cantidad de CO2 producido y conocer así el gasto energético aplicando las ecuaciones estándares de calorimetría indirecta. La determinación de las curvas, requiere un mínimo de dos muestras posteriores a la ingestión del agua marcada, sobre un período de varios días a varias semanas, dependiendo de la edad del sujeto y del nivel de consumo de agua.


Un varón hadza de vuelta del curro

Pues bien, lo que Pontzer y colaboradores encontraron es que aunque los Hadza hacían mucho más ejercicio físico que los urbanitas occidentales, una vez realizadas las necesarias adaptaciones al tamaño corporal, su gasto energético diario era muy similar, a pesar de que el gasto metabólico ligado a caminar o al sedentarismo era idéntico en ambos colectivos. Curiosamente, se produce el mismo hallazgo en otras especies de primates, en las que los individuos salvajes (caracterizados por niveles más altos de actividad física) no difieren sustancialmente en cuanto a gasto energético diario de sus congéneres que viven en zoológicos, donde su estilo de vida es más sedentario, al menos, en lo que se refiere al esfuerzo desplegado para obtener alimento.


Un varón hadza recibiendo la visita de un pesadito de occidental

A partir de ahí, nuestro autor dedujo que debía existir alguna forma de regulación seleccionada evolutivamente, que mantuviera el gasto energético diario dentro de unos límites estables, independientes de la actividad física. Desarrolló así un modelo de “Gasto Energético Total (GET) Restringido”, en el que el GET oscila mínimamente, frente al de GET Aditivo, según el cual con la mayor actividad física aumenta linealmente el GET. En el modelo del GET Aditivo se da por supuesto que la actividad metabólica basal se mantiene estable. El GET Restringido, en cambio, propone que el incremento de la actividad física se compensa con una reducción del metabolismo basal, de modo que el GET se mantiene aproximadamente estable.



El modelo de GET aditivo supone que a mayor actividad física (abscisas) aumenta linealmente el GET (ordenadas), asumiendo que la actividad metabólica se mantiene estable. El modelo de GET restringido postula que el aumento de actividad física consigue un incremento del GET que alcanza pronto una meseta en la que se mantiene a expensas de una reducción de la actividad metabólica basal (ver: Pontzer H. Constrained total energy expenditure and the evolutionary biology of energy balance. Exerc Sport Sci Rev. 2015; 43: 110-6. doi: 10.1249/JES.0000000000000048).

Como señala Pontzer, los estudios en diversas especies apoyan un modelo de GET restringido, de modo que el incremento de la actividad da lugar a un aumento inicial del gasto que se compensa, tras una latencia, a expensas de una reducción del metabolismo basal. Esto explica la elevación inicial del GET hasta alcanzar la meseta y, por ende y trasladado a la lucha contra la obesidad, el limitado poder del ejercicio para obtener la deseada pérdida de peso, ya que una vez alcanzada la meseta, no consumiremos calorías a través del ejercicio, ya que lo que hace el organismo es reducir el gasto metabólico basal para destinar energía a ese exceso de actividad. En palabras de nuestro autor, la obesidad no es consecuencia de la pereza, sino de la gula.


Gula

Un dato interesante es que los primates nos caracterizamos por un menor metabolismo basal. En la vida, señala Pontzer, nada es gratis, y la inversión en un rasgo supone inevitablemente retirar recursos de otro. Los conejos tienen una capacidad reproductiva prodigiosa, pero mueren jóvenes: lo que se gasta en procrear se retira del mantenimiento corporal. Los primates tenemos un metabolismo basal más bajo, más lento y perezoso que otros animales. Esto explica que nuestra tasa de reproducción y crecimiento, más lenta que la de otras especies. Pero de entre los primates, los humanos tenemos con diferencia el mayor gasto en metabolismo basal (400 Kcal superior a bonobos y chimpancés; la diferencia es aún mayor en relación con gorilas y orangutanes). Este exceso de gasto metabólico se dirige significativamente al consumo energético del cerebro.

Mantener estable el GET tiene sentido desde el punto de vista evolutivo. Al margen de la moda de hacer deporte con intención de reducir peso, el incremento de la actividad física se ha asociado siempre a situaciones en que se hace necesaria una dosificación adecuada de las energías. Si es preciso incrementar el radio de los desplazamientos en busca de comida porque no hay suficientes existencias en el entorno habitual, sería contraproducente mantener el gasto mínimo (metabolismo) en sus niveles típicos, ya que esto conllevaría una mayor demanda de una energía (alimentación) que, precisamente, no está disponible. De esta manera, tiene lógica que procesos como la cicatrización, la respuesta inmunitaria o la inflamación, se reduzcan de manera drástica ante el incremento de la actividad física. En cuanto a la ovulación se restringe por la falta de aporte calórico (hambre, anorexia mental) y también por el estrés o el ejercicio extenuante.


Con estos estímulos, el que no hace ejercicio es porque no quiere… o no tiene sentimiento

Pero se puede dar la vuelta al razonamiento y, de hecho, Pontzer lo hace. El ejercicio físico no ayuda a adelgazar, pero al hacer necesaria una adaptación a la baja del metabolismo basal resulta ser un poderoso antiinflamatorio, ya que reduce factores que como la PCR se asocian a riesgo cardiovascular. También limita la reactividad al estrés, con beneficios claros para la salud. Asimismo, puesto que el modelo del GET restrictivo nos enseña que el ejercicio impone adaptativamente una reducción del metabolismo basal, tiene sentido que hacer deporte (mayor gasto energético) se traduzca en un aumento de la esperanza de vida de pacientes trasplantados, en los que las calorías gastadas en actividad física no podrán tener salida en forma de reacción inmunitaria de rechazo.



Aunque Pontzer no va tan lejos, si volvemos a la ecuación ingesta / gasto, no solo tendremos que pensar en los beneficios para la salud del ejercicio (que obliga a una reducción compensatoria del metabolismo basal) sino también en si el exceso de aporte calórico puede representar un combustible y acelerante del metabolismo basal. Si así fuera podrían establecerse relaciones interesantes en las que la obesidad, más que un factor causal, vendría a ser un marcador. El exceso de ingesta, evidentemente, aumenta el peso (obesidad) al existir excedentes energéticos que se almacenan en los adipocitos. Pero si estos excedentes pudieran también activar mecanismos inflamatorios, exagerarían el “gasto en inflamación”. El incremento de las alergias (se afirma que en 2050 casi la mitad de la población presentará alguna) se asocia habitualmente a factores ambientales y a la existencia de lo que podríamos llamar un “ejército inmunitario ocioso” que, a causa de la higiene y de las vacunas no ha de enfrentarse a amenazas reales en forma de patógenos y concentra sus esfuerzos en ilusorios enemigos alérgenos. También puede pensarse que el exceso de energía derivado de la ingesta abundante es rancho de primera calidad para ese ejército ocioso, que podrá gastar más recursos en la reacción alérgica; cobra así sentido la asociación observada entre obesidad infantil y alergia. O que la obesidad (aumento de peso por encima del 10%) se asocie tras el diagnóstico de cáncer de mama a un aumento de la mortalidad que podríamos conjeturar se debe al surplus de energía disponible para el crecimiento del tumor, en tanto que el ejercicio (reducción de peso y, sobre todo de metabolismo basal) sea una forma de protección frente a las recidivas.


Obesidad, ejercicio y cáncer de mama
Todos estos razonamientos podrían llevarse a la depresión. El ejercicio, sabemos, tiene una acción antidepresiva que suele relacionarse con factores psicológicos (bienestar, satisfacción personal) y biológicos (liberación de endorfinas). Sin negar unos u otros, es cada vez mayor la impresión de la participación de mecanismos inflamatorios en la patogenia de la depresión, y se asume que esta respuesta inflamatoria es secundaria a factores ambientales. Pero la existencia de abundantes calorías prestas a ser consumidas favorecería que se disparase esa respuesta inflamatoria. Así, aunque la viscerotonía de Kretschmer se relacionaba con factores constitucionales, podríamos pensar que la patología afectiva de los pícnicos podría tener que ver más con su buen apetito que con otros elementos. Igualmente, si la depresión guarda relación con la inflamación, esta con la activación del metabolismo basal y esta, a su vez, con un elevado aporte calórico, tal vez podríamos solucionar el enigma de cómo es posible que esté aumentando la prevalencia de la depresión a nivel internacional a pesar de que objetivamente las condiciones medias de vida de la humanidad y su alimentación han mejorado notablemente en las últimas décadas.


Herman Pontzer

La consecuencia de todo ello, parafraseando a Pontzer, es que para mejorar la salud física y mental no hay que poner en práctica la diligencia antídoto de la pereza, sino la templanza que contrarresta la gula. Lástima que tan a menudo nos cueste tanto (a algunos, más, todo hay que decirlo) desarrollar esa templanza.


¿Quién se deprimirá y quién mantendrá la eutimia?

Fuentes:

Berk M, Williams LJ, Jacka FN, O'Neil A, Pasco JA, Moylan S, et al. So depression is an inflammatory disease, but where does the inflammation come from? BMC Med. 2013; 11:200. doi: 10.1186/1741-7015-11-200 [Texto completo].
Hamer J, Warner E. Lifestyle modifications for patients with breast cancer to improve prognosis and optimize overall health. CMAJ. 2017; 189: E268-E274 [Texto completo].
Pontzer H. Constrained total energy expenditure and the evolutionary biology of energy balance. Exerc Sport Sci Rev. 2015; 43: 110-6. doi: 10.1249/JES.0000000000000048).
Pontzer H, Brown MH, Raichlen DA, Dunsworth H, Hare B, Walker K,  et al. Metabolic acceleration and the evolution of human brain size and life history. Nature. 2016; 533(7603):390-2. doi: 10.1038/nature17654 [Texto completo].
Pontzer H, Raichlen DA, Wood BM, Mabulla AZ, Racette SB, Marlowe FW. Hunter-gatherer energetics and human obesity. PLoS One. 2012; 7(7): e40503. doi: 10.1371/journal.pone.0040503 [Texto completo].
Raj D, Kabra SK, Lodha R. Childhood obesity and risk of allergy or asthma. Immunol Allergy Clin North Am. 2014; 34: 753-65 [Abstract]

Slavich GM, Irwin MR. From stress to inflammation and major depressive disorder: a social signal transduction theory of depression. Psychol Bull. 2014; 140: 774-815. doi: 10.1037/a0035302 [Texto completo].

Colaboración de Juan Medrano